La mejor conexión de la infancia no necesita WiFi
Menos pantallas, más movimiento.
Menos scroll, más respiración.
Menos conexión digital, más conexión con ellos mismos.
Esta frase resume mucho de lo que busco compartir en cada clase de Yoga para Niños y Mindfulness.
No estoy en contra de la tecnología. Es parte del mundo de nuestros niños y seguramente lo será todavía más en el futuro. Pero también creo que, entre tantas pantallas, notificaciones, videos y estímulos, necesitamos crear espacios donde puedan volver a algo mucho más sencillo: ellos mismos.
Mover el cuerpo. Respirar. Jugar. Imaginar. Escuchar. Reír. Equivocarse. Volver a intentarlo.
A veces pensamos que para que un niño aprenda necesitamos mantenerlo sentado y concentrado. Yo he descubierto que muchas veces sucede exactamente lo contrario. Los niños también aprenden mientras juegan, mientras intentan sostener una postura de equilibrio, cuando esperan su turno, cuando trabajan con otro compañero o cuando se ríen porque una postura simplemente no salió como esperaban.
Y sí, como dicen ellos, en Yoga Kids & Mindfulness también se ¨farmea aura¨.
Pero aquí el aura se farmea de otra manera.
Se farmea cuando un niño descubre que hoy pudo hacer algo que hace unos meses le daba miedo. Cuando se atreve a intentarlo sin preocuparse por hacerlo perfecto. Cuando descubre su fuerza, pero también aprende cuándo detenerse. Cuando respira para recuperar la calma. Cuando escucha al compañero que tiene enfrente. Cuando puede decir cómo se siente y entiende que ninguna emoción necesita esconderse.
Para mí, ahí está la verdadera magia de estas clases.
No busco niños perfectamente tranquilos. Tampoco niños que puedan hacer todas las posturas. Mucho menos quiero quitarles esa energía maravillosa que pertenece a la infancia.
Quiero niños que jueguen, que se muevan, que pregunten, que se rían y que exploren. Pero que, en medio de todo eso, poco a poco también aprendan a escucharse.
Porque mindfulness no tiene que ser permanecer largos minutos con los ojos cerrados. Para un niño puede ser sentir conscientemente una respiración, escuchar hasta que desaparezca el sonido de un cuenco, observar un color, dibujar una emoción o descubrir qué está sintiendo su cuerpo en ese preciso momento.
Son pequeños momentos de presencia que, con el tiempo, pueden convertirse en grandes herramientas.
La tecnología puede conectarlos con prácticamente cualquier lugar del mundo en segundos. Pero también necesitamos enseñarles otro camino: ese que los lleva hacia adentro.
Que sepan que cuando afuera haya demasiado ruido pueden regresar a su respiración. Que cuando algo no salga bien pueden intentarlo otra vez. Que cuando aparezca una emoción pueden reconocerla. Y que su cuerpo también es un lugar al que pueden volver.
Por eso sigo creyendo en crear espacios donde la infancia pueda ser infancia.
Menos scroll y más juego.
Menos prisa y más presencia.
Menos mirar una pantalla y más mirarse, escucharse y sentirse.
Porque hay una conexión que ningún dispositivo puede reemplazar.
La conexión con ellos mismos.
Y quizá esa sea una de las conexiones más importantes que podamos ayudarles a construir durante su infancia.
Porque la mejor conexión de la infancia no necesita WiFi.
